Cómo los comunistas se apropiaron de los sindicatos

Fidel Castro y Lázaro Peña en 1973.

En 1959 Castro maniobró en contra de su propio Movimiento 26 de Julio en aras de favorecer a los comunistas

La Habana, Cuba – La propaganda oficialista cubana la emprende a menudo contra los gobiernos auténticos de Ramón Grau San Martín y Carlos Prío, a los que acusa de haber clausurado los sindicatos independientes y en su lugar crear otros afines a dichos gobernantes.

Sin embargo, eso mismo fue lo que hicieron los castristas a partir de su arribo al poder en enero de 1959. En fecha tan temprana como noviembre de ese año, los nuevos gobernantes convocaron al X Congreso de la entonces Confederación de Trabajadores de Cuba (CTC), con el velado objetivo de ir introduciendo a los comunistas en las direcciones sindicales.

En ese evento tomaron parte tres mil delegados en representación de mil 700 sindicatos, de los cuales solo 265 eran comunistas, lo que demuestra la poca influencia que ejercía esa ideología en el movimiento obrero de la época.  El grueso de los delegados lo constituían los sindicalistas del Movimiento 26 de Julio, cuya figura principal lo era David Salvador.

Al igual que la inmensa mayoría de la sociedad cubana de entonces, buena parte de los integrantes del Movimiento 26 de Julio eran profundamente anticomunistas, por lo que se opusieron desde un principio –en especial el propio David Salvador– a la incorporación de los comunistas en las candidaturas para las direcciones sindicales. Y aunque resultaron derrotados en la votación de los delegados, Fidel Castro –que participó activamente en el Congreso– se las arregló para incluir en la dirección de la CTC a varios dirigentes comunistas de su entera confianza, lo que provocó el disgusto de David Salvador y otros sindicalistas del Movimiento 26 de Julio, quienes se verían obligados a renunciar meses más tarde al caer en desgracia ante la cúpula del poder revolucionario.

La escena quedaba lista para el asalto definitivo del Castro-comunismo a los sindicatos.

Eso sucedió en el contexto del XI Congreso de la CTC, que se celebró del 26 al 28 de noviembre de 1961. En los días previos al inicio de ese evento se efectuaron reuniones obreras en 25 sectores de la economía, las cuales dieron paso a otros tantos sindicatos nacionales. Esos 25 gremios formaron la nueva Central de Trabajadores de Cuba. Y un detalle significativo: la denominación sustituía a la Confederación de Trabajadores de Cuba. Claro, el vocablo Confederación sugería cierta dosis de autonomía para esos sindicatos ramales. En cambio, la Central de Trabajadores implicaba una supeditación total a las directivas el Gobierno.

Los delegados a este XI Congreso atacaron a los participantes en el anterior X Congreso que se habían apartado de las filas del castrismo. Los acusaron de traidores y mujalistas. Una parte de esos sindicalistas opuestos al comunismo estaba en el exilio, otros fueron a parar a la cárcel, y un número nada despreciable habría terminado su existencia frente a los paredones de fusilamiento.

Como ha sucedido desde entonces, los dirigentes de la CTC, antes de atender las inquietudes de los trabajadores, se esfuerzan por apoyar las decisiones gubernamentales. El XI Congreso, para no ser menos, estableció que las demandas obreras fueran sustituidas por el tratamiento de los intereses “del país y el pueblo”.

Lázaro Peña, electo en el cónclave como secretario general de la CTC, se dio a la tarea de “convencer” a los delegados para que renunciaran a las regalías de fin de año (aguinaldos) que los empresarios acostumbraban pagarles a los trabajadores. Según los mandamases de la CTC, ese era un rezago de la sociedad capitalista.

Hace pocos días, al conmemorarse 59 años de la reunión de Altos de Mompié, en plena Sierra Maestra, el periódico Granma publicó un artículo (“Las alturas de un Comandante en Jefe”, edición del miércoles 3 de mayo) para referirse al momento en que Fidel Castro asumió la jefatura total de las fuerzas que combatían a Fulgencio Batista.

Además de Castro, asistieron a la reunión Haydée Santamaría, Vilma Espín, Celia Sánchez, René Ramos Latour, Faustino Pérez, Enzo Infante y David Salvador en su condición de jefe de la sección obrera del Movimiento 26 de Julio.

Por supuesto, Granma agregó la coletilla de que este último había traicionado posteriormente a la Revolución. Mas, la vida se encargó de corroborar que, si hubo un traidor a los ideales que en ese momento se decía defender, ese no fue David Salvador.