Crónicas del fracaso: La bella cubana

La Habana, Cuba | Cuba Sindical Press – Cargaba en su piel todo el aroma  de los naranjos en flor de su natal Ceballos. En sus ojos azules aún parecía rielar aquella luna llena que iluminó su primera noche de amor, tendida bajo un hombre que le doblaba la edad y le alegraba la vida, tocándole con su vieja guitarra la canción “Te perdono”, que en la voz de Noel Nicola le estremecía la tierra y acallaba el canto de los grillos.

Hija de un papá entronizado en la cúpula del poder revolucionario, su infancia y adolescencia transcurrieron sin carencia alguna. Alimentos, juguetes, “trapos” y calzado eran a su elección, a la carta. Papá capitán y mamá alta funcionaria del Minint se ocupaban de todo. Pedía pajarito volando y allí estaba el reloj, el perfume o el vestido de moda aparecidos en la revista Hola, o Pronto, y traídos no importa si desde Madrid, Londres o Viena, para la niña de sus ojos.

Se creía especial al saberse hermosa y con todas las facilidades a su alcance. Todas las muchachas querían ser sus amigas y los muchachos novios. Pero, como decían sus padres, por su belleza y el nivel alcanzado por ellos con su sacrificio, estaba destinada para empeños mayores, cuando menos a estudiar en una universidad en Moscú, Berlín del Este o Sofía, y casarse con un ministro.

Fue la envidia de sus compañeritas de aula en la secundaria, aunque las rechazara, y por su distanciamiento, un referente inalcanzable para sus condiscípulas del preuniversitario. Se dedicó a vivir en una urna de cristal a prueba de miradas, me contó esa madrugada, entre vahos de alcohol y risotadas que rebotaban en las paredes y los adoquines de la Catedral de La Habana, sumidas en un espeso silencio nocturnal sólo roto a intervalos por el maullar de los gatos en los tejados, el ladrido de perros callejeros y el canto de un grupo de borrachos rumbo al Parque Central.

La conocí en La Bodeguita del Medio, acompañada por un alemán de nombre impronunciable y acento de máquina de moler vidrios. Atraía por igual las miradas lascivas y empapadas de vino que lanzaba un español en busca de “bailarinas”, disimulaba un serbio tatuado hasta en los dientes mientras la saboreaba de mojito en mojito, y escondía un pelirrojo irlandés entre sus ojos semi cerrados, aunque le acariciaba el cuerpo en su sonrisa: Todas atravesando las volutas de humo de un volcán de cigarrillos, en cuya lava ardían los sueños de jóvenes prostitutas cubanas.

Era el mes de agosto del año 2003, y, como barridos por el viento, aún se oían en cada rincón de la ciudad murmullos el expedito fusilamiento de tres de los jóvenes que secuestraron la lancha Baraguá con la intención de abandonar la isla, y la condena a largas penas de cárcel dictadas en juicios sumarísimos a 75 disidentes y opositores pacíficos al régimen, arrestados en una ola represiva realizada en marzo de ese año.

Ella conocía la historia, y aunque esa noche fue por unas horas el centro del “mundo”, se sentía rodar en el abismo. Su padre, militar de mediano rango y hoja de servicios distinguidos en Etiopía y Angola, cayó, sin disparar un tiro, alcanzado por un infarto cerebral en la cárcel donde purgaba una condena por “traición a la patria”, tras el efecto dominó de la Causa 1/89, que llevó ante el pelotón de fusilamiento a cuatro altos oficiales de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y el Minint (Ministerio del Interior), en el sonado affaire conocido como Ochoa-Tony de la Guardia.

Con la caída en desgracia de su padre, que lo envió a prisión y de ahí a una silla de ruedas para el resto de su vida, llegó la de su madre y la suya. Su madre, separada del Minint por ser cómplice o simplemente la esposa de un traidor, y ella, que pasó de ser hija de un héroe de la revolución a ser la sospechosa heredera de un exconvicto contrarrevolucionario en Plan Piyama. Fue mirada como una apestada por quienes en la escuela y el barrio se desvivían por su atención o compañía, y no tuvo otra salida que intentar abandonar el país con “la chusma” (como le repetía su madre).

Sin empleo una, y sin centro de estudios la otra, confinadas dentro de un hogar donde nadie las visitaba o siquiera llamaban por teléfono, como sucedía en exceso apenas dos años atrás; sin nada que comer o esperar más allá de un sonido gutural del capitán cuando se orinaba o corregía en la silla de ruedas, su madre comenzó a perder la cabeza (“todo volvería a su lugar cuando se hiciera justicia”), y ella su glamuroso estándar de vida, a base de prebendas, mimos y mentiras.

La hermana de su padre, a quien no trataban por casarse con un “escritorzuelo” devenido contrarrevolucionario, le aconsejó preparar la salida definitiva del país, con la promesa de hacerse cargo de los “siquitrillados”. Ya no tenía nada que perder, pues se le había congelado en una mueca amarga su atrayente sonrisa, y la esbeltez del cuerpo comenzaba a resquebrajarse entre dudosos picadillos y espurias pizas. Decidió armar una balsa y abandonar la isla.

No pasó más allá de los arrecifes del malecón habanero. El temor al encrespado mar y a las noticias sobre balseros ahogados o devueltos a la isla desde la Base Naval de Guantánamo (centro receptor para conceder asilo después de los acuerdos migratorios entre Fidel y Clinton) la hicieron renunciar a sus propósitos. “Muerta o presa no hago nada” se dijo. Lo suyo era conservar la vida.

Bajo la miseria humillante del nombrado Período Especial –eufemismo empleado por Fidel para definir aquella crisis económica galopante–, sin empleo, en medio de apagones, robos y bajezas colectivas, vio la luz de los hoteles para turistas y decidió convertirse en prostituta. Nacida en 1974, y con la vida fácil que había llevado, a los 19 años conservaba aún una belleza deslumbrante.

Cien dólares la noche era su tarifa. Cincuenta para el proxeneta y 20 para la matrona de la casa de acogida. Turcos, españoles, coreanos, árabes y otros extranjeros de cualquier parte le fueron apagando los míticos olores de una piel impregnada con la fragancia de los naranjos en flor de su natal Ceballos. Tríos, actos de lesbianismo, Lluvia de Oro, griego profundo, el beso negro y otras modalidades sexuales exigidas y pagadas por el cliente, marchitaron su piel y su alegría.

Cuando la conocí en el 2003 con su alemán, aún resultaba una interesante, atractiva y vital mujer. Dieciséis años después, de aquella mirada de un azul insondable no queda ni siquiera el brillo, los ojos enrojecidos por el alcohol y las noches de rumba.

Ivón, la Bella Cubana, como se le conocía en el submundo de la prostitución, es un adefesio físico y moral que trafica con los sueños de cinco jovencitas que, como ella en su juventud, se creyeron los cuentos de hadas revolucionarios y hoy pagan con el sexo sus pesadillas. | vdomínguezgarcia4@gmail.com