El sindicalismo camaleónico de Lázaro Peña

Fidel Castro y Lázaro Peña, 1973.

En 1973, Peña recorrió el país para “convencer” a los trabajadores cubanos que renunciaran a dos importantes logros del pasado.

La Habana, Cuba | Cuba Sindical – Por estos días de marzo la propaganda oficialista destaca la labor progubernamental del denominado “capitán de la clase obrera”.

Hacia 1939, Fulgencio Batista es el hombre fuerte de la República. Los comunistas cubanos, agrupados en el Partido Socialista Popular, deseosos de lograr una representatividad política que les había sido esquiva, se alían a Batista para las elecciones presidenciales de 1940, y al final esa coalición obtiene el triunfo.

En esas condiciones, una de las prebendas que Batista les concede a los comunistas es el control de los sindicatos. Ocasión aprovechada por el dirigente comunista Lázaro Peña para fundar la Confederación de Trabajadores de Cuba –posteriormente denominada Central de Trabajadores de Cuba (CTC).  

A partir de 1944, con la llegada al gobierno del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), bajo las presidencias de Ramón Grau San Martín y Carlos Prío Socarrás, los comunistas pierden el control de la CTC, la cual pasa a ser dirigida por el dirigente auténtico Eusebio Mujal.

Mas, lo mismo en la jefatura del movimiento obrero que en la oposición, Lázaro Peña ejecuta por esa época una labor sindical en defensa de los intereses de los trabajadores. Una actitud que cambiaría radicalmente con el arribo al poder de Fidel Castro en 1959.

Cuando Castro declara el carácter marxista-leninista de su revolución, los comunistas comprenden que su hora había llegado, disuelven el Partido Socialista Popular, y se integran al carro del castrismo. Como premio, a Lázaro Peña se le ofrece la jefatura del movimiento obrero, esta vez libre de cualquier tipo de oposición. En tales circunstancias es fácil imaginar que el denominado “capitán de la clase obrera” colocara en un segundo plano la defensa de los trabajadores y tuviese como prioridad asegurar el control de la maquinaria del poder sobre la clase obrera.

Semejante metamorfosis tuvo su momento culminante durante los preparativos del XIII Congreso de la CTC celebrado en 1973. En ese contexto, a Lázaro Peña le correspondió el triste papel de recorrer todo el país para tratar de “convencer” a los trabajadores de que renunciaran a dos medidas que mucho les beneficiaban: la Ley 270 y el salario histórico.

La Ley 270 les aseguraba a los mejores trabajadores acceder a la jubilación con el 100% del salario que devengaban. Por otra parte, el salario histórico impedía que a los trabajadores se les afectara el salario si eran movidos a plazas de menor complejidad. Se trataba de dos situaciones que ya molestaban al castrismo, pues la economía cubana se aprestaba a adoptar el sistema de retribución “De cada cual, según su capacidad, y a cada cual según su trabajo”, Una práctica que sintonizaba con la paulatina sovietización de la vida nacional que se nos venía encima.

Tan ardua y fatigosa resultó la faena de Lázaro Peña durante los meses finales de 1973, que su salud se resintió considerablemente y falleció a los pocos meses, el 11 de marzo de 1974. Por supuesto, recibió los más altos honores gubernamentales, incluyendo la despedida del duelo por el propio Fidel Castro. Precisamente, los medios de difusión oficialistas han recordado la fecha por estos días de marzo.

Pero la actitud camaleónica no desaparecería del sindicalismo oficialista cubano con la muerte del viejo Lázaro. Todo lo contrario. Ese actuar es el que preside la ejecutoria del actual secretario general de la CTC, Ulises Guilarte de Nacimiento, quien desde su condición de miembro del Buró Político del gobernante Partido Comunista de Cuba, prioriza la movilización de los trabajadores hacia las tareas encomendadas por el gobierno, y deja en un segundo plano la representación de los intereses del movimiento obrero.

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