Entonces, ¿hubo huelga en Santa Clara?

Efectivos de tropas especiales en Santa Clara. (M. González Vivero)

Santa Clara | Maykel González Vivero – El único indicio son los antimotines del Ministerio del Interior que todavía ocupaban este miércoles el centro de la capital villaclareña, calle arriba, calle abajo, a la vista de los taxis. De la mínima huelga quedan estos fuegos de artificio, boinas negras, para avisar que otra salida como la del 27 de febrero no será tolerada.

Los mismos choferes se defienden diciendo que no hubo huelga. Hay pasajeros que pagaron la nueva tarifa ayer y se sorprenden hoy, desmemoriados, cuando les demandan siete pesos. De los siete pesos sí conversarán durante unos días. En la calle nadie habla ahora del evento que quiso llamarse huelga. Cuesta comprender qué pasó el lunes, si es que esta semana tuvo lunes.

“Fue raro —dice un estudiante de la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas—, de pronto no podíamos llegar al aula. Las ‘motonetas’ decían que no, que no saldrían de la piquera, y los que fueron a coger el tren descubrieron que tampoco había tren. Luego se dijo que estaba retrasado”.

La universidad fue construida a unos ocho kilómetros del centro de Santa Clara. La inauguraron en la década de los 50, cuando el transporte público garantizaba la ruta. Con el tiempo, el campus se ha alejado. La ruta 3 de ómnibus urbanos y un tren que sale un par de veces al día resultan los únicos recursos rodantes para llegar al aula, además de las “motonetas”. El tren es un montón de herrumbre puntualísimo, en correspondencia con su función casi docente. Pero el azar se pone sarcástico: no pudo salir, se atascó la locomotora, el mismo día que las “motonetas” declararon la huelga.

“La paranoia llegó tan lejos que algunos suponen a los operarios cómplices de los taxistas en paro”, observó un empleado del ferrocarril. “Parece una locura total: la Policía también investiga el retraso del tren”.

En fin, el lunes, ¿qué pasó?

“De pronto no podíamos llegar”, repite el estudiante. “Fue una locura”.

En fin, ¿qué pasó?

Lunes, piquera de Buenviaje. Las motonetas aseguran que no saldrán. La cola aumenta ante el estudio móvil de CMHW, la emisora provincial. El móvil es una guagua destartalada. Abel Falcón, el único showman del periodismo santaclareño, hace bocina con las manos sobre el micrófono, para oírse mejor: “¡Gobierno de Villa Clara! ¡Expliquen qué está pasando aquí!”. Estentóreo, rimbombante, hasta que se calla. La cola aumenta cuando el estudio móvil de la CMHW ha partido. Las motonetas dicen que no, no saldrán.

Santa Clara, según estadísticas obtenidas trabajosamente, posee más de 150 motonetas. Son carros acoplados a una motocicleta, muy frágiles, semejantes a un coche de caballos, con motor en lugar de cuadrúpedo. Una treintena hace viaje entre el centro de la ciudad y la universidad inaugurada en tiempos de Carlos Prío, el campus que se aleja con los años.

En contraste con La Habana, donde los boteros dejaron caer los brazos para protestar la política de rebaja de precios, el gobierno provincial de Santa Clara ha conseguido la subida de tarifas que parecían inamovibles. Aseguran que estos carros semejantes a un coche de caballos con motor no deben transportar tantos pasajeros. Ocho son demasiados. Uno piensa en índices de accidentalidad. Y ahí saltan los taxistas, juran que no acostumbrar a volcarse, que no han matado a nadie. Las autoridades, tácitamente emplazadas, tampoco implican a las motonetas en una estadística particular de accidentes.

“Ya no da resultado, por eso hay que cobrar más”, se planta un chofer, la mano en la billetera, cuando la cola protesta, el lunes, en la piquera de Buenviaje.

No dice que maneja un taxi ajeno, como sus colegas habaneros. La mayoría de los porteadores privados trabaja para otro, el dueño de una flotilla de vehículos. Las políticas de precios, al modo de La Habana, o de seguridad, según la experiencia de Santa Clara, suelen evadir la circunstancia: esta economía no se explica con un esquema de dos actores, botero y pasajero. Es más cacofónica: hay botero, pasajero, impuesto, mecánico, almirante de la flotilla. Un revoltijo de pesos por pagar, por cobrar.

Lunes, piquera de Buenviaje. La cola aumenta, las motonetas rebeldes fueron llamadas al Comité Provincial del Partido Comunista de Cuba, no se sabe si a negociar o rendir cuentas. Se sospecha que el propio Partido les dijo: “Suban, suban un poco los precios, que la gente pague por su seguridad. Y recuerden que este incidente no está relacionado con la consigna ‘Cero carros’. Santa Clara y La Habana son cosas distintas, nada que ver”. Se sospecha que eso dijo, porque el mismo lunes salieron tres rompehuelgas a trabajar. Ninguno quiso dar declaraciones. No hubo taxista que dijera ir enterado de la huelga convocada para el mismo día por internet.

En fin, el lunes, ¿qué pasó?

Martes, piquera de Buenviaje. Las tropas especiales, boinas negras, vigilan en la esquina. Cinco o seis efectivos. También caminan, patrullan, exhiben las botas por todo el centro de Santa Clara. Se han reanudado los viajes bajo la nueva tarifa. A un taxista van a pagarle siete pesos y se niega a aceptarlos: “Yo sí estoy autorizado a transportar ocho, tengo más seguridad. Cobro cinco pesos, ni más ni menos”. Otra estadística obtenida trabajosamente revela que las motonetas sancionadas por fragilidad son minoría. Muchas podrán transportar tanta gente como antes.

Entonces, ¿hubo huelga en Santa Clara?

Los mismos choferes se defienden diciendo que nunca estuvieron en huelga. Esta semana no tuvo lunes. De haberlo tenido, es probable que alguien haya dicho bien temprano “Cero carros”, como eco solidario con la rebeldía de los almendrones habaneros. De haberlo tenido, puede que alguien se acordara del policía que enseñó los dedos para demostrarle, con inequívoca gráfica, el número de pasajeros permitido. Seis dedos. De haber tenido lunes, quizás esta semana sería recordada por el regreso de las huelgas, las añoradas huelgas, una tradición perdida de los proletarios.