La revolución y el mercado en Cuba

El Litoral, una de las paladares más visitadas en la capital con un ranking de excelente en TripAdvisor, fue cerrada el pasado junio. (Foto: Habana Linda)

Sólo ingenuos, tontos de capirote o cachanchanes políticos podrían asegurar que las reformas laborales en Cuba constituyen un hecho irreversible

La Habana | Cuba Sindical – “No se hizo una revolución aquí para establecer el derecho al comercio (…), no tendrán porvenir aquí ni el comercio ni el trabajo por cuenta propia, ni la industria privada, ni nada”, expresó Fidel Castro en marzo de 1968, al iniciar una “ofensiva revolucionaria” que demolió hasta los cimientos de la hasta entonces próspera economía cubana, y sentó las bases del timbirichismo a regañadientes, como un mal necesario, intermitente, sin recursos y sujeto a desaparecer que hoy padecemos.

Pero como dice el refrán, una cosa piensa el borracho y otra el bodeguero: La crítica situación económica que atravesaba el país obligó a desdecir lo antes dicho, y en la segunda mitad de los años 80 se autorizó el regreso de algunas modalidades del trabajo por cuenta propia, en medio del denominado proceso de Rectificación de errores y Tendencias negativas, implementado en Cuba.

Desde esa fecha, el acelerón y el freno a la vez caracterizan los cambios en la economía cubana. La Operación Adoquín, emprendida por las autoridades contra los artesanos artistas que comercializaban sus productos en la Catedral de La Habana, así como el desmantelamiento de los Mercado Libre Campesino –autorizados y luego bautizados por Fidel como “Los bandidos de Río Frío”– fueron el primer referente de que aquí no se permitiría un comercio fuera del control del Estado.

De ahí que la suspensión temporal o definitiva de varias modalidades de empleos por cuenta propia autorizadas a partir de la aprobación de unos lineamientos económicos, políticos y sociales al más alto nivel del Estado, con la supuesta participación y apoyo de la población cubana, aunque irrite, viole, cause pérdidas y signifique un retroceso para el sector, no debe sorprender a nadie.

Sólo ingenuos, tontos de capirote o cachanchanes políticos podrían asegurar que las reformas laborales en Cuba constituyen un hecho irreversible. Quienes sufrieron y aún sufren la trayectoria errática y represiva del gobierno cubano, saben que la esencia de su permanencia en el poder es el control, y que a este nunca van a renunciar, aunque tengan que violar una y otra vez lo acordado.

No importa si para ello tienen que retroceder, negar hoy lo que se dijo ayer, prohibir lo que antes se autorizó, o manipular, deshacer y reescribir las normas que aprobó para el sector privado del país. Son tantas las contradicciones organizativas del régimen en su intento por mantener el control, que bien poco le interesan las opiniones adversas a la falta de legitimidad de su gestión.

No obstante, ante el rechazo popular por el freno impuesto al incipiente sector privado del país y, sobre todo, por las voces de alarma que llegan desde el exterior, envían a sus voceros, tracatanes y correveidiles ideológicos a convencer al pueblo de que al frenazo al sector privado seguirá un acelerón descentralizador, promesa que como tantas veces responderá a un momento coyuntural.

Como antecedente en este nuevo y a la vez similar ciclo de “cambios”, nadie debe olvidar el cierre de las sala de cine 3 D, ni el desmontaje de tiendas y tugurios instaladas en viviendas y portales para la venta de ropas y calzados en el 2013, y este año el cierre de varias paladares exitosas en La Habana –entre ellas El Litoral, Lungo Mare y Dolce Vita– como una clara señal de lo que viene.

Pero, ¿tiene alguna lógica económica que un país cuya economía cayó en recesión en el 2016, y que según los poco fiables datos oficiales creció un 1 % en el primer semestre de 2017, ponga freno a un sector como el privado, generador del 12 % del empleo nacional, que representa alrededor del 5% del PIB  y significa un tercio de la capacidad de hospedaje en toda la nación?

¿Pueden considerarse en sus cavales o que actúan por el interés de mejorar el país y la calidad de vida de su población, a quienes limitan o prohíben el desempeño de un sector por cuenta propia que transporta millones de personas cada año, paga tres veces por encima de la media del salario estatal y aumenta la calidad de los bienes y servicios a la población? Estoy seguro que no.

Y si a esto le añadimos que los trabajadores del sector privado alcanzan estas cifras sin que exista un mercado mayorista para sus insumos, sin capacidad jurídica para comerciar con el exterior o reconocimiento como empresa en Cuba, estaremos de acuerdo con muchos de los afectados y diversos analistas con que el frenazo responde a una lógica política que garantice la tranquilidad de quienes detentan el poder, mientras al pueblo apenas le alcanza el salario estatal para sobrevivir

Según el profesor y sociólogo Ted Henken, coautor del libro Cuba empresarial: un contexto de políticas cambiantes, “en Cuba, la lógica económica siempre está sujeta al veto de la lógica política”. De acuerdo con el economista cubano Omar Everlenis Pérez, Cuba es el único país del mundo que persigue erradicar la riqueza en lugar de combatir y eliminar la pobreza de la nación.

Por su parte, alrededor de 15 trabajadores por cuenta propia que laboran en varias de las modalidades suspendidas temporal o definitivamente por el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, al ser entrevistados para Cuba Sindical, coincidieron en señalar que las autoridades cubanas temen a la competencia que representa un sector que prospera en medio de tantas limitaciones.

Además, agregaron, el éxodo creciente de los trabajadores del sector estatal al privado deja en evidencia el rotundo fracaso de un sistema laboral con una infraestructura en franca decadencia, bajos salarios, falta de incentivos y posibilidades de prosperar, y sobre todo, porque una gran mayoría de la población cubana ve hoy, en el cuentapropismo, la única forma de mejorar en lo material, sin la hipocresía social ni la incondicionalidad política que exige un régimen represivo.

Es decir, que las autoridades prefieren a ese hombre nuevo que marcha, entona cánticos revolucionarios, participa en actos políticos y patrióticos, en harapos y sin un peso en el bolsillo, que a ese joven eficiente en su negocio propio que aporta al bienestar público y a la economía del país sólo comprometido con su trabajo. Algo así como “Agradecidos, sí; Emprendedores, no”

Por eso nadie cree en los pretextos que, como la ilegalidad y otros males afines a la corrupción que caracterizan la Empresa Estatal Socialista, son esgrimidos contra el sector privado por quienes ponen freno y causan pérdidas a los emprendedores, mientras piden que “nadie asuma que el fin de estas medidas es dar marcha atrás al desarrollo del trabajo por cuenta propia en el país”.

Y no dudo que muchos de los hoy autodenominados Fidel, a tono con lo expresado por el real en 1968, piensen que “subsiste todavía una verdadera nata de privilegiados que medran del trabajo de los demás y vive considerablemente mejor que los demás, viendo trabajar a los demás”, en referencia a los cuentapropistas, a quienes también llamó “holgazanes en perfectas condiciones físicas”, como si para trabajar en el sector privado hubiera que estar cojo, manco, ciego o tuerto.

En resumen, y como parecen creer los herederos del pensamiento de Fidel, “no se hizo una revolución aquí para establecer el derecho al comercio (…), no tendrán porvenir aquí ni el comercio ni el trabajo por cuenta propia, ni la industria privada, ni nada”, así que no os asombréis cuando toquen a su puerta. Sólo resta decir: ¡Cuentapropistas, Uníos!, y apriétense los pantalones. | Vicmadominguez55@gmail.com