Junio 17, 2008
Las empresas cubanas que pertenecen a la mayor parte de sectores productivos, no están a la altura de las exigencias tecnológicas para operar con eficacia y eficiencia, y ello influye en la productividad del trabajo.
Elías Amor. El Diario Exterior, junio 17, 2008.
Desde el pasado mes de febrero, la economía comunista cubana ha introducido la primera reforma destinada a que los salarios se determinen por la productividad, y no por el sistema igualitario que se ha mantenido desde el triunfo de la revolución castrista. Lo anunció Raúl Castro ante la Asamblea nacional en diciembre del pasado año, y la resolución 9/2008 del Ministerio de Trabajo y Seguridad social del 2 de febrero estableció un mecanismo por el cuál empresas y órganos de la administración pueden ajustar sus retribuciones al personal de acuerdo con el resultado productivo.
En principio, nada que objetar ante esta decisión. Que trabajos distintos perciban por su resultado retribuciones diferentes, no tiene contestación. Que la eficacia y aplicación en el desempeño vaya asociada a una mayor retribución, tampoco. De hecho, las empresas defienden en los convenios colectivos estas cláusulas que, generalmente, no cuentan con el aprecio y la valoración de las organizaciones sindicales, al menos en los países occidentales, y suelen ser frecuente espacio de conflicto.
En el último baluarte comunista de Occidente, el país en que el sueldo promedio mensual se sitúa en unos 408 pesos, unos 12 euros mensuales, en el que funcionan dos monedas, una fuerte el CUC y otra débil, el peso cubano tradicional, en el que se siguen manteniendo diferencias económicas y sociales en función de la cercanía al aparato político y militar de control, en el que el ejercicio de la libre empresa sigue siendo un delito, y en el que no existen derechos de propiedad, ya que todo el capital productivo y social del país pertenece al Estado, no deja de ser sorprendente que se establezcan mecanismos para aplicar salarios diferentes en función de la productividad. Hasta el viceministro de Trabajo y seguridad social, Carlos Mateu, hizo unas declaraciones argumentando que "igualitarismo y paternalismo son inconvenientes en un régimen comunista". Karl Marx no habría podido comprender estos ataques de última hora.
Para aquellos que gozan de las emociones fuertes, el régimen cubano, con Raúl Castro al frente, es como una montaña rusa, que da vueltas y vueltas, pero sin salir del mismo sitio. Este ejemplo puede ilustrar el resultado de esta medida. Se trata, en mi opinión, de una pésima decisión de política económica, porque precisamente falta lo fundamental para su correcta aplicación: economía de mercado, derechos de propiedad y libre empresa. A nadie, en su sano juicio, se le ocurre en una economía intervenida centralmente y de corte estalinista aplicar sistemas de retribución diferentes a los trabajadores, porque:
Primero, ¿quién decide esas diferencias salariales: el burócrata planificador de turno, que siempre sacará ventaja para si mismo, y para recompensar a los más "obedientes"? La obtención de más producción no siempre va asociada a un mejor precio de venta, sino todo lo contrario, por lo que la retribución posiblemente no debe estar directamente relacionada.
Segundo, ¿en qué términos se pueden establecer las diferencias salariales si no hay un mercado libre y competitivo que las valore y retribuya? Cómo puede valorar un médico especialista cubano su retribución si no sabe cuánto podría ganar en una clínica privada en La Habana.
Tercero,¿frente a qué se fijan esas diferencias si no hay estándares de comparación entre los distintos sectores y actividades productivas? La estadística oficial cubana está más relacionada con la propaganda que con el análisis de los flujos sectoriales y los costes y beneficios de las distintas ramas productivas.
El problema cubano no es trabajar más para producir más, sino hacerlo mejor, con más eficiencia, y ahí sí que entra la variable productividad. Pero, los dirigentes comunistas deben saber que la productividad no depende sólo del factor trabajo, sino que también hay que tener en cuenta el resto de factores productivos: tierra, naturaleza, capital y tecnología, entre otros.
Por desgracia, las empresas cubanas que pertenecen a la mayor parte de sectores productivos, no están a la altura de las exigencias tecnológicas para operar con eficacia y eficiencia, y ello influye en la productividad del trabajo. Por eso, además de reformar el sistema económico hacia la propiedad privada, el mercado, los incentivos y la competencia, hay que realizar antes cuantiosas inversiones para que las empresas cubanas puedan competir al mismo nivel que las mexicanas, colombianas o venezolanas.
El nuevo sistema de retribuciones se basa en:
* Cada trabajador, incluyendo el que está contratado a destajo o pago por resultados, cobrará por lo que sea capaz de producir, sin necesidad de consultar al nivel nacional su salario.
* En una empresa donde antes existía un solo sistema de pago, ahora podrá haber tantos como actividades tenga la entidad. Cada área podrá tener diferentes indicadores de pago.
* Los indicadores generales que antes se aplicaban a todos por igual, regirán ahora sólo para los directivos y trabajadores indirectos, con un tope del 30 por ciento.
La pregunta es qué sindicato occidental podría aceptar una propuesta empresarial de estas características, y qué sistema productivo puede funcionar con este modelo.
A la larga, no se van a conseguir los objetivos buscados, y todo se va a traducir en más gasto público, más déficit estructural, más demanda, y más inflación, lo que es un grave peligro para una economía débil y con escasa capacidad de maniobra. Ya ocurrió un episodio similar cuando en 2005 se decidió el aumento de salarios y pensiones, lo que ha situado los precios en la Isla a unos ritmos de crecimiento cada vez más intensos.
Nadie está en contra de una política salarial que practique diferencias de acuerdo con el trabajo, la especialización y la productividad. Simplemente, esta medida en un sistema comunista, que mantiene notables desequilibrios estructurales sólo puede obedecer al intento de silenciar voces de protesta que arrecian en la calle, o a un intento de ganar tiempo, hasta que realmente se produzcan los cambios necesarios a los que he hecho referencia. Mientras tanto, nada bueno cabe esperar de las mismas.