Agosto 5, 2008
Jorge Olivera Castillo, Sindical Press.
LA HABANA, Cuba, agosto (www.cubasindical.org) - Tengo una vecina tras mis pasos. No disimula. Casi me tumba con la mirada. Sé que no es coqueteo, ni nada que tenga que ver con el amor. Lo que se desborda en su escrutinio es el odio. Un odio que alguien se ha encargado de sembrar en una de las pocas zonas fértiles de su cerebro.
Ella examina, anota, informa todo lo posible. Banalidades quizás, tonterías de inmejorable factura, cualquier cosa que le parezca rara a su modesto entender o quien sabe puntuales asuntos de interés indicados por su patrocinador.
¿Será el pago por alguna fechoría parcialmente perdonada? ¿Querrá anotarse puntos para procurarse un mejor empleo? ¿Estará amortizando algún otro favor?
Verdaderamente no sé cual es el motivo de mi vecina para haberse iniciado en esta práctica que aquí es ya una cultura con fuertes raíces. En silencio, con solo un bosquejo superficial, entra en mi vida, me ausculta a distancia. Describe, creo yo, mi vestimenta, la hora de salida o entrada, lo que llevo entre las manos o debajo del brazo.
Si de algo se puede estar convencido es que el régimen no podría sobrevivir sin el mantenimiento de una red de espionaje que empieza por el vecindario y termina en el centro de trabajo. Es una estrategia desde un inicio concebida para alcanzar óptimos grados de permanencia y estabilidad.
Era preciso crear un estado de zozobra permanente para quebrantar la personalidad, obtener la obediencia de la mayoría con economía de fuerza. Pistolas, macanazos, actos de repudio, cárcel, solo en casos extraordinarios cuando el chantaje, los interrogatorios y el linchamiento mediático hubieran mermado en su eficiencia.
Conozco personas que van a los extremos. Presumen que los alrededores del lugar frecuentado están infestados de micrófonos y cámaras de video. En una simple conversación descubren presuntas pruebas de que el interlocutor es un informante de la policía política. “Cuidado, habla bajito que ese hombre tiene cara de “seguroso”. Esa es la advertencia ante la cercanía de un transeúnte con las características faciales de cualquier ser humano. Quisiera saber cuál es la tonalidad exacta y la proporción del rostro de esa gente que vendió su alma al diablo.
Mi amigo tiene delirios de persecución. Está enfermo y no lo sabe. Se acuesta debajo de sus miedos sobre una almohada de sospechas sin pensar que tal vez sus preocupaciones sean espejismos. ¿De veras será tan importante para estar el día y la noche en el colimador de algún informante?
Este no es un caso aislado, es parte de la ambientación, el código que rige la mente de muchos cubanos. No todos los compatriotas gastan sus neuronas en falsos o reales escenarios de tal naturaleza.
En definitiva, el Estado cuenta con los medios y la impunidad para romper los muros de la privacidad de quien le venga en ganas. Entonces ¿para qué estar como un loco en la búsqueda del escondite perfecto?
Mi vecina se regodea en sus groseras injerencias, mira como anhelando ser la arqueóloga de mi alma, escudriña con pasión como si estuviera delante del hallazgo de una fortuna, garabatea el informe en un rincón de su madriguera.
Vigila como le ordenaron, cumple a cabalidad su tarea, quema su tiempo en el fuego de la necedad. Yo contemplo el humo de su penitencia, el denso vapor de su desgracia. Últimamente apenas puedo divisar su figura. Sólo me preocupa una cosa: ¿Tendrá muchas faltas de ortografía?