¿Paladares de la nomenclatura?

Esos servicios de excelencia se explican a partir de rejuegos sin nada que ver con la honestidad y la transparencia.

La Habana, Cuba | Cuba Sindical Press – Estoy entre los cubanos, que residen en la capital del país, que dudan de la impresionante funcionalidad de algunos restaurantes particulares, conocidos como paladares, en un contexto donde la escasez y los precios astronómicos de los pocos insumos que se venden en las Tiendas Recaudadoras de Divisas impiden llegar a niveles tan siquiera mínimos de rentabilidad.

En estos locales, donde raramente falta algo en la lista de ofertas que una camarera, de pulcro uniforme, entrega a los comensales, tiene que haber varios gatos encerrados y no precisamente que maúllen y tengan siete vidas como reza la leyenda, aún vigente en el imaginario popular.

El modelo comunista lejos de facilitar la proliferación de este tipo de negocios se encarga de dinamitar cada una de las iniciativas con regulaciones absurdas, el veto a la creación de un mercado mayorista y el pago de desmedidas tasas impositivas.

En fin, que mantener abierto en Cuba un negocio no estatal es un desafío de marca mayor.

De acuerdo a las condiciones existentes, hay que tocar, de una forma u otra, las puertas de la ilegalidad para alcanzar cierto margen de ganancias. De lo contrario, la quiebra es más segura que una nevada en Alaska.

La adquisición de productos por la izquierda y los sobornos a los inspectores estatales son dos acciones puntuales en el arte de burlar las talanqueras impuestas por los burócratas del Ministerio de Comercio Interior y entidades afines, todo previamente aprobado por los mandamases de la élite verde olivo.

Por tanto, esos servicios de excelencia, en medio de los más expresivos paisajes de la degeneración arquitectónica y social, se explican a partir de rejuegos sin nada que ver con la honestidad y la transparencia.

Se dice a vox populi que el restaurante “El Biky”, ubicado en la intersección de las calles Infanta y San Lázaro, está estrechamente vinculado a la familia Castro Espín.

Una simple cena de familia en “El Biki” le puede costar a un cubano hasta 9 meses de sueldo.

La información no es fidedigna, pero posible en un escenario donde no existen instituciones independientes que fiscalicen el proceder de los miembros de la nomenclatura y sus descendientes.

A la luz de los hechos, ellos siempre han actuado por encima de la Constitución. Hacen los que les venga en ganas sin que nada ni nadie se les interponga.

Por tanto, puede que ese restaurante, que cuenta también con una cafetería y panadería-dulcería de lujo, sea solo una de las propiedades en manos de las familias reales, que incluye a los comandantes de la revolución, a los miembros del Comité Central y el Consejo de Ministros, los altos mandos del ejército y del Ministerio del Interior y también a un selecto grupo de secretarios del partido a nivel provincial y dirigentes de organizaciones a nivel nacional.

Todo un espectro de entidades en que la corrupción es desde hace mucho tiempo el denominador común.

Basta observar los reportajes que transmite la televisión oficial para ver toda esa camada de funcionarios sin trazo alguno de esas penurias con residencia permanente en miles de hogares de la Isla. En sus semblantes no hay vestigios del racionamiento ni de esas agotadoras esperas en una parada de ómnibus, bajo un sol que raja las piedras, después de finalizar la jornada laboral.

Otro de los locales, bajo sospecha de estar regentados, directa o indirectamente, por algún poderoso personaje de la cúpula es el localizado en la esquina de las calles Reina y Carlos III, conocido como “Doña Alicia”.

No se queda atrás el que está a punto de abrir sus puertas en el cruce de Águila y Reina.

El dueño decidió bautizarlo como “El Almendrón”, una palabra que identifica a los automóviles, de la década del 50 del siglo pasado convertidos en taxis.

La remodelación se hizo en tiempo record y ni qué decir del decorado, con costosas lámparas y llamativos ornamentos.

Aunque falten medios para descubrir el origen de los dineros que respaldan esas costosas inversiones y sobre todo para mantener el nivel de las ofertas sin pausas ni nada que se le parezca, es lícito pensar en que algo raro está sucediendo.

Los cubanos de a pie no pueden hacerlo. Entonces, ¿quiénes son los dueños?