¿Qué ha sido del movimiento de microbrigadas?

Alamar, el mayor conjunto de vivienda social de Cuba, quedó identificado con las Microbrigadas.

En los últimos años, el trabajo constructor de las microbrigadas ha sido superado por el esfuerzo propio de la población

La Habana, Cuba | Orlando Freire Santana | Cuba Sindical Press – Durante las reuniones de las Comisiones Permanentes de la Asamblea Nacional del Poder Popular, celebradas en días pasados, se trató el tema de la construcción de viviendas en el país. Y llamó la atención el hecho de que no se mencionara el trabajo de las microbrigadas, lo que podría sugerir el declive definitivo de esas fuerzas constructoras.

Hay que recordar que las microbrigadas tuvieron su apogeo durante la segunda mitad de los años 80, en medio del denominado “Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas”, cuando se apeló a ciertas tendencias guevaristas que dejaran atrás el agotado modelo soviético.

La razón de ser de ese movimiento constructivo era la fabricación de viviendas para la población –se dijo entonces que podrían construir hasta 100 mil por año–, motivo por el cual integraron sus filas todos aquellos que, en empresas, unidades presupuestadas y organismos de la administración central del Estado, tuvieran necesidad de acceder a una vivienda decorosa. En ese sentido era común ver juntos en una microbrigada a un profesional y a un auxiliar de limpieza, como también a personas con habilidades para desempeñar oficios de la construcción, y otras que jamás habían estado cerca de un saco de cemento o una pieza de plomería.

Una composición tan heterogénea, unida a la baja calidad de muchos de los materiales de la construcción empleados, trajeron como resultado que la mayoría de las viviendas terminadas por los microbrigadistas no contaran con el confort adecuado. Por ejemplo, son notables las diferencias entre las viviendas construidas bajo la égida de Pastorita Núñez en el lapso 1959-1960, con la participación de constructores de verdad –como las de la Habana del Este o la zona contigua a la Plaza de la Revolución en el Nuevo Vedado–, y aquellas erigidas por el movimiento de microbrigadas.

Pero los gobernantes sabían que los microbrigadistas eran auténticos rehenes de sus necesidades, y por eso los forzaban a realizar todo tipo de obras sociales antes de permitirles construir sus propias viviendas. En ese contexto, estos flamantes constructores lo mismo se enrolaban en obras de cierta utilidad como los círculos infantiles, los consultorios del médico de familia o las placitas para la venta de productos agropecuarios, que malgastaban tiempo y recursos en la creación de los túneles populares –esa locura fidelista que ambientó la “guerra de todo el pueblo”.

A medida que, tras años de espera y sacrificios, los microbrigadistas adquirían sus viviendas, era lógico que abandonaran las filas del movimiento y se reincorporaran a sus ocupaciones habituales. Pero también había bajas entre aquellos que, desilusionados, no veían en el horizonte la posibilidad tangible de contar con una vivienda.

Durante la referida sesión de las Comisiones Permanentes de la Asamblea Nacional se informó la cifra de viviendas terminadas durante los últimos años. Resalta la disminución del papel de las fuerzas estatales –dícese microbrigadas y empresas del Ministerio de la Construcción– y el aumento de las construcciones por esfuerzo propio de la población.

Por ejemplo, de 33 mil 533 viviendas terminadas por fuerzas estatales en el año 2006, la cifra se redujo a 9 mil 257 en el 2016. Por su parte, el esfuerzo propio de la población posibilitó la terminación de 12 mil 849 viviendas en ese último año. Son datos que, entre otras cosas, confirman el rol decreciente de las microbrigadas en el panorama constructivo de la isla.

Es de destacar que, a pesar de recibir un subsidio estatal para la construcción de su vivienda, las personas que la erigen por esfuerzo propio caen con frecuencia en las redes de las mafias que controlan la adquisición de los materiales de la construcción en la economía sumergida o la “bolsa negra”, como la llamamos los cubanos. Y a precios muchas veces inaccesibles, aun con el referido subsidio.

Es muy probable que entre esas personas, que ahora deben arreglárselas por sí mismas, haya antiguos microbrigadistas que lleven más de treinta años anhelando poseer una vivienda.