Recesión y el postcastrismo

Cubanos miran las vidrieras de una de las tiendas de lujo dentro de la Manzana de Gómez, ahora el Gran Hotel Manzana Kempinski. (AP)

La recesión anunciada en la última sesión de la Asamblea Nacional, no por esperada resulta menos amarga para los cubanos

LA HABANA, Cuba | Jorge Olivera Castillo | Cuba Sindical Press – El desalentador panorama socioeconómico en Cuba es una condición que prevalecerá incluso después del retiro voluntario de Raúl Castro como presidente del país, a principios del 2018.

El cúmulo de problemas a resolver contrasta con la perniciosa falta de voluntad de los que dirigen el país con mentalidad de sargento o como lo hubiese hecho un mayoral, látigo en mano, en la puerta del barracón.

La recesión anunciada en la última sesión de la Asamblea Nacional, no por esperada resulta menos amarga para todos los cubanos que refunfuñan delante de las tablillas de precios en los agromercados, siguen cobrando los salarios de hambre que pagan en los empleos del Estado, no tienen familiares en el extranjero y tampoco cuentan con las posibilidades de materializar la ansiada fuga hacia cualquier sitio donde el socialismo real sea un viejo recuerdo o una mala palabra.

No hay esperanzas porque el partido se mantiene cerrado a cal y canto.

La apertura se mantiene dando bandazos entre el sigilo, la ambigüedad y el enigma, mientras truenan los discursos que maximizan los ecos de la manida frase de convertir “los reveses en victorias”.

Asuntos puntuales como la unificación monetaria, el relajamiento de las leyes para la inversión extranjera y la ampliación del sector laboral no estatal continúan aplazándose, acercando al país a una crisis de incalculables proporciones.

Algunos expertos estiman que las transformaciones podrían adquirir un mayor dinamismo, después del relevo del general-presidente.

El pronóstico pudiera ser acertado, tanto por la pésima gestión de la economía, como por la probabilidad de que se asuma cierta tendencia hacia un reacomodo de los clichés ideológicos a los moldes del pragmatismo de parte de los herederos.

¿Consentiría Raúl Castro y el séquito de fundamentalistas que le acompañan adoptar estos derroteros enfilados a un avance por los caminos del realismo político?

Un análisis objetivo del escenario impulsa a determinar que los cambios ocurrirán. Lo difícil estriba en conocer la magnitud de los mismos y el momento en que se les dará el visto bueno.

De lo que no debe haber dudas es en la intención de la élite sucesora de conservar el control en todas sus facetas. La idea de un capitalismo de Estado bajo la égida del partido único refleja el codiciado anhelo de los mandamases y sus cómplices.

Lograr este fin puede ser relativamente fácil, lo complejo viene dado en la consolidación del proceso. Tal propósito traería aparejado tensiones sociales y culturales imposibles de sostener a mediano y largo plazo.

Cuba no es China ni Vietnam. Un aceleramiento y extensión de la apertura económica en la mayor de las Antillas tendría, quiéranlo o no, repercusiones en el ámbito político.

En todo este ir y venir de aproximaciones analíticas relacionadas con el futuro de Cuba, fundamentalmente el que comienza con un nuevo presidente, aparece un viejo axioma que nadie en su sano juicio se atrevería a cuestionar, tanto por lo que afirma como por la autoridad de quien lo dejó colgado en los anales de la historia.

El célebre historiador cubano Manuel Moreno Fraginals sentenció en uno de sus ensayos que Cuba sería “capitalista y pobre”.

Sospecho que la democracia, cuando se instaure, será deficitaria como los productos que se obtienen mediante la libreta de racionamiento.